domingo, 12 de abril de 2015

Entrevista a Roberto Echavarren acerca de Las noches rusas, Mercurio, Chile


Un tsunami literario, reseña sobre Las noches rusas, por Quintín, en Perfil


Un tsunami literario


El libro más curioso que leí este año se llama Las noches rusas y su autor es Roberto Echavarren. La edición (2011) es uruguaya como el autor y debe ser de los pocos libros orientales de 800 páginas. Echavarren (Montevideo, 1944), dio clases durante décadas en Londres y Nueva York y tiene una bibliografía frondosa como poeta, narrador y ensayista. Ha escrito sobre Onetti, sobre Puig, sobre Felisberto Hernández, sobre pornografía, sobre las figuras del erotismo. Su primera novela, Ave Roc (1994), es una biografía lírica de Jim Morrison narrada por un imaginario amante sudamericano, en la que se cruzan Kerouac, Ginsberg y el Don Juan de Castaneda. Debería ser un clásico, pero tal vez Echavarren no sea más conocido o apreciado porque es un escritor en paralelo, es decir alguien que ha tratado temas candentes de la modernidad social y literaria desde una perspectiva ajena al mainstream cultural: una obsesión atraviesa su obra, una dimensión utópica que podría definirse como la abolición de los géneros sexuales por vía de su multiplicación al infinito. Echavarren detecta en contextos completamente diversos la explosión del deseo y deconstruye los arquetipos clásicos masculino y femenino, homo y heterosexual, los recombina en complejidades que tienen como puntos de partida complementarios criaturas andróginas y hermafroditas. Se pregunta, por ejemplo, qué es la Lolita de Nabokov, si una chica andrógina, o un muchacho disfrazado y lee con agudeza la ambigüedad del autor en relación a la pedofilia a lo largo de toda su obra.
Pero Las noches rusas es otra cosa, o mejor dicho es el choque del intrincado, intenso mundo de Echavarren con otro planeta: el de la Revolución Rusa. En principio, el libro es el diario personal de un investigador que viaja a San Petersburgo en 2001, evoca fragmentos de la historia soviética y recoge testimonios de los sobrevivientes de la Segunda Guerra, en especial del terrible sitio de Leningrado. El libro incluye relatos, crónicas, obras de teatro, poemas y si algún género lo abarca es el de la novela, una novela de ambición extraordinaria que excede el terreno de la ficción. Pero también es una gran obra política, que se introduce de un modo sesgado pero demoledor en una discusión que atraviesa el siglo XX y llega a nuestros días bajo la forma de una lucha por la hegemonía cultural.
Las noches rusas es un descenso al infierno soviético desde su fundación, a partir del golpe de Estado de Lenin contra la Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal y en la que los bolcheviques no eran mayoría. Echavarren deja en claro que Lenin, cuyo culto aún nos abruma y cuyos métodos siguen inspirando al populismo totalitario de este siglo, era un conspirador audaz, un estadista mediocre y un genocida sistemático y despiadado, del que Stalin fue un discípulo que perfeccionó el trabajo esclavo, aumentó las víctimas e innovó sólo al incluir a los propios entre ellas. El padecimiento infinito de un país bajo la guerra, agravado por las atrocidades de la policía política, es el material de Las noches rusas, que dedica varias páginas a los artistas que resistieron al régimen (Tsvietáieva, Meyerhold, Shostakóvich). Con un oído atento a la homosexualidad y su expresión entre el hambre y las balas, con digresiones que incluyen desde la descripción de los uniformes militares a la evolución del campesinado ruso, Roberto Echavarren registra, reconstruye o inventa relatos de vida y le da forma a un fresco desordenado e inconcluso, a una sinfonía del padecimiento cuyo resultado es el presente gris, atormentado y aún despótico de la Rusia de Putin.

El arca rusa, reseña de Las noches rusas por Guillermo Sacomano, Radar, Página 12

EL ARCA RUSA

Poeta y crítico uruguayo, Roberto Echavarren registra en la formidable Las noches rusas, materia y memoria, un viaje a Rusia iniciado emblemáticamente el 11 de septiembre de 2001. En un libro inclasificable e hipnótico, conjuga testimonios de sobrevivientes al sitio de Leningrado con la vida actual y nocturna de San Petersburgo, la destrucción del socialismo real y la reconstrucción de la generación de artistas e intelectuales más notable que supo existir entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Un viaje al fin de una utopía y también al fin de la noche.

 Por Guillermo Saccomanno
En la mañana del 11 de septiembre del 2001 el escritor uruguayo Roberto Echavarren viaja a Rusia. El viaje, desde la partida, tiene un grado notable de audacia. Pensemos en la lengua como obstáculo. Pero para Echavarren no es un obstáculo. Ha traducido con rigor y sensibilidad tanto a Wallace Stevens como a John Ashbery. Y tiene en claro la lengua como toda una cuestión: “Traducir, en mi opinión, es reconstruir el pensamiento del poema. Una palabra mal traducida es un patinaje feo que puede cambiar todo el cariz de un pasaje”. Esta idea de la traducción y el respeto a una lengua ajena opera en su aprendizaje del ruso previo al viaje y en su perfeccionamiento del idioma luego en el terreno. Hay que señalarlo, Rusia no es sólo una gran literatura sino también la promesa frustrada de la construcción de una sociedad más justa, una sociedad que se debatió entre ser europea y el eslavismo atávico, en la que nunca Marx pudo imaginar que se afincaría el fantasma temible que amenazaba Europa: la revolución proletaria. Es decir, la Rusia en cuya búsqueda va Echavarren es un arca en donde se conserva, además de una magnífica tradición literaria, la memoria de una de las historias más heroicas y siniestras del siglo pasado: el sitio de Leningrado. Pero a diferencia del arca de Sokurov, Echavarren no va en busca del tiempo aristocrático perdido, el esplendor imperial, el vals de la nobleza zarista, las reliquias estéticas del Hermitage. El arca de Echavarren contiene el rescate del contrapunto entre lo social y lo particular, partiendo del sujeto. En este nivel, aquello que procura reconstruir es, aunque pueda no admitirlo, en términos de Lucaks, una totalización “novelizada” que da cuenta de la relación entre individuo y sociedad, pero, como no puede ser de otro modo, la totalización sólo puede conquistarla en el presente a través de una fragmentación, recortes, piezas de un puzzle que data la ingeniería social y la negación de la libertad. En este sentido, su búsqueda se presenta como un intento documentado y desolador de lo que no fue, y no fue porque los sueños de la razón engendran monstruos. Además de la teoría de la novela de Lucáks, entre otros derrumbes del siglo XX, hay que tener presente también la caída del Muro de Berlín. Escombros, cascotes. No otra cosa son sus historias tan duras como una pedrada cuestionadora para quienes fueron feligreses peceístas.
El mismo día de su partida de Uruguay, en el taxi que lo traslada al aeropuerto, Echavarren escucha que la radio interrumpe un tema de Lágrima Ríos para dar paso a la información. Dos aviones, en instantes, se han estrellado contra las Torres Gemelas, paradigma de monumentalismo capitalista. Que el viaje de Echavarren a Rusia comience justo cuando el histórico enemigo de la Unión Soviética recibe tamaños impactos le confiere al libro, desde el vamos, un encuadre. Es cierto, los tiempos han cambiado –la caída del Muro, ya dije– y tal vez el enemigo de EE.UU. potencia no es ya Rusia sino el planeta entero. “Los norteamericanos debemos preguntarnos por qué el mundo no nos quiere”, propuso en esos días Norman Mailer desde The New York Times, desafío que no parece haber inquietado mucho al gobierno de su país. Pero volvamos a Echavarren y su viaje a través de Las noches rusas, este frondoso libro. Y si escribo “libro” es porque no quiero encasillarlo como artefacto en una categoría cómoda, ya que Las noches rusas se resiste a la clasificación de mera cosecha de crónicas, inquietud por la estampa, apuntes de flânneur, por qué no, sesgada autobiografía intelectual de quien supo ser catedrático de literatura latinoamericana y comparada en Nueva York. Sin embargo, inclasificable, Las noches rusas es todo eso y aún más. Si bien en la primera línea del prólogo Echavarren declara que “éste es un diario personal”, aunque lo finja en más de un sentido, supera la categorización crítica de un solo género, el diario, y se hibridiza ramificándose también como compendio voluminoso de testimonios, summa de denuncias contra el poder omnímodo del totalitarismo, como colección de horrores concentracionarios, como tributo sentido a la cultura rusa, como collage esporádico de aventuras eróticas gay en subrepticios enganches gay y, acá es donde la escritura de Echavarren se vuelve subyugante, confesión entrecortada y fugaz de estos enganches y, a la vez, minuciosa crónica de costumbres que pivotea sobre la noción de realismo, burlando los paradigmas de lo que pretendió ser “el realismo socialista” y deslizándose con soltura por “el realismo sucio” que propicia una realidad cutre, seres abandonados a un destino desgraciado, léase el Estado soviético, su burocracia inabarcable, lo que queda de su gigantesca sombra filtrándose en los intersticios de lo cotidiano.
Si alguien piensa que exagero, lo invito a que se sumerja en la lectura de uno de los textos más “intensos” (término de moda la “intensidad”, pero raramente encontrado en una práctica escritural) que se vieron por acá. “Me interesaba llegar al nadir del siglo para entender que estuvo en juego, el arrasamiento de ese sujeto-población. Quise saber cuáles habían sido los límites de la entereza en tales circunstancias, qué quedaba de las calidades éticas y físicas, en la prueba de vida de esas personas.” Este es el propósito de Echavarren al entrevistar a “gente anciana, sobrevivientes del sitio de Leningrado y combatientes del frente ruso en la Segunda Guerra Mundial”. No hace falta que el escritor lo advierta: recoge estos testimonios “para que se sepa”. Y acá una Pregunta que no puede pasarse por alto: ¿Que se sepa “qué”? ¿“Qué” es lo que no se sabe ya del terrorismo de Estado soviético, la paranoia instalada en los mínimos gestos familiares, de las atrocidades cometidas en los gulags, el calvario de los campesinos colectivizados, los relatos de antropofagia y la comercialización de cadáveres durante las hambrunas? Nada nuevo si se han leído los descarnados Relatos de Kolima, de Varlan Shalamov, Vida y destino y Todo pasa, de Vassili Grossman, la crónica Imperio, de Ryszard Kapuscinski y ensayos como el de Tzvetan Tdorov, Memoria del mal, tentación del bien.
Si lo que viene a agregar Las noches rusas son testimonios, nunca están de más y bienvenidos sean, pero no arrojan una luz nueva en cuanto a lo histórico y/o anecdótico. Su mérito reside, arriesgo, en otro lado: en una operación literaria tan apasionada como incisiva, siempre tensando el límite del espanto detallado minuciosamente, que pone en tela de juicio la noción de “realismo” siendo, a su pesar y con conciencia de este riesgo, realismo puro. Así como en el porno la representación se basa en la mecanicidad sexual, el efecto que produce la acumulación de horrores de Las noches rusas genera un inquietante efecto similar: el terror desatado de la ingeniería social formatea rutinariamente la destrucción. La humillación que exponen los testimonios de Echavarren, testimonios de la vulnerabilidad física, devienen casi teatralización gore de la violencia más visceral, causando una irresistible atracción morbo que exacerba y retuerce la denuncia. Y es esta seducción del abismo, ver hasta dónde uno puede asomarse al dolor del lacerado y la anulación de la identidad donde salta otro de los elogios que puede hacérsele a Las noches rusas: Echavarren reescribe, a su manera, una literatura rusa que no elude la problemática de la extraterritorialidad. Aquello que podría considerarse exotismo, un uruguayo gay en San Petersburgo, pasa sin escalas a ser auténtica literatura rusa, una lección de estilo que, con certeza, de traducirse al ruso emanará las mismas vibraciones a los rusos que a nosotros las de Dostoievski, esas que aun leídas en segundas traducciones, siguen manteniendo intacta su virulencia. Debo admitirlo: hacía tiempo que no leía un escritor “ruso” tan contundente como Echavarren. Ruso, digo, no por el paisaje, el escenario y los personajes sino por eso que podía ser ruso en Arlt, al análisis del Mal y la exégesis de una pureza nunca del todo extinguida.
Los testimonios de los sobrevivientes al sitio de Leningrado por el ejército alemán (900 días de bloqueo de la por entonces ex San Petersburgo, lo que va desde 1941 a 1944, y que dejó un tendal de más de 1.500.000 muertos según datos extraoficiales, aunque el número es mayor), no son meras grabaciones. Más de un entrevistado por Echavarren le suministra las memorias manuscritas de un pariente (un tío, un padre, un hermano), es decir, una escritura autobiográfica que conjuga tanto la declaración ante la Cheka, el diario íntimo como el legado a generaciones venideras. Echavarren, en su viaje por San Petersburgo y, más tarde, Moscú, no quiere perderse nada: casi con manía ambulatoria ahonda en la curiosidad del viajero fascinado por la arquitectura veneciana bajo la nieve, sus oropeles vetustos con el mismo interés por los ribetes de la anécdota de las víctimas. Quizá la definición de su programa narrativo en cuanto a estilo y propósito pueda cifrarse en un pasaje donde Echavarren narra la visita a un templo: “Desde las alturas una voz solista, fina, de cristal, se balancea en un trémolo, como suspendida de un trapecio; colgada de apoyos inexistentes ondula a lo largo de una nota única, una nota continua que atraviesa todos los demás sonidos. Las variantes melódicas de los popes y del coro son efecto de la gravitación de esa nota hipnótica, el ruido de fondo del universo”. Digámoslo así: Las noches rusas dispone una escritura de “nota única” (las vicisitudes personales, la perspectiva queer, la fascinación por los auténticos antihéroes –y son legión– y simultáneamente destila una comprensión solidaria que circula entre líneas, todo el tiempo, en cada entrevista, en cada conversación, imprimiéndole una calidez piadosa al encuentro más trivial), esta escritura de “nota única”, a pesar de que el interés se centra en los testimonios, se recorta por encima del “ruido de fondo” de los mismos que, a su modo, componen un fresco social que esquiva con cuidado tanto el riesgo de un realismo socialista como el costumbrismo de trazo grueso, la jugada facilonga del efecto. Porque Echavarren elabora con una distancia clínica, a lo largo de 800 páginas de tipografía apretada, las historias de intelectuales, poetas, músicos, artistas, bailarines. Acá están el oportunista Erehmburg y el indignado Gorki, el amor homoerótico de Esenin y Kliver, las diferencias y rabietas entre Meyerhold y Stanilavski, la admiración recíproca de Chejov y Shostakovich, las tribulaciones de Maiakovski y la Tsvetaieva, el fin de Blok, los apuntes de Berberova, y la lenta caída de Ajmátova. No faltan los interrogatorios, las torturas, las deportaciones y los tiros en la nuca que la Cheka disparaba a los disidentes o sospechosos. Tampoco el retrato de un Lenin menos pensador que mandamás poseído y paranoico. Le sigue la semblanza de un Trotsky furibundo y sangriento. Y, omnipresente, la figura intimidante de Stalin, el Supremo. Si la intimidad de una de las elites intelectuales más trascendentes del siglo pasado domina buena parte del libro de Echavarren, no se quedan atrás las conmovedoras historias de soldados veteranos, generales condecorados que todavía discuten los estropicios estratégicos de Stalin, trabajadores, exiliadas y exiliados españoles, sobrevivientes, en fin, los seres anónimos que han protagonizado lo que se ha dado en llamar “El siglo ruso”. Retratos como “La mujer grúa”, “La niña de España”, “Mi amigo Petia” o análisis políticos como “El ejército ruso de liberación” y “El koljós y la fábrica” hacen de Las noches rusas un libro inolvidable. Una acotación: si el libro de Echavarren se subtitula “Materia y memoria”, esto puede inducir a una reflexión. La materia, el cuerpo, dicta la memoria. Pero la memoria, para hacerse materia, no puede prescindir de la escritura, su marca, y éste es el caso.

Cabe destacarlo: en Echavarren hay además dos registros de escritura: el inmediato y el histórico. En el inmediato es donde aparecen a menudo, con un impromptu de sensualidad en primer plano, el signo y el guiño homoerótico. Un ejemplo, “Moscú en auto”, capítulo en el que Echavarren cuenta un levante callejero. En los tramos específicamente históricos, la prosa se vuelve más seca, menos ornamental y más “periodística”. Dos registros, convengamos, intercalados, que podrían leerse separados si bien, en su complementariedad, disparan, desde la literatura gay, contra la represión y la beatería censora. En este segundo registro, el histórico, Echavarren escribe un capítulo entero dedicado a rastrear la sodomía y práctica en la sociedad rusa desde tiempos inmemoriales hasta la temible ley Yagoda. Desde Iván el Terrible hasta los Romanov, pasando por Tchaikovski, aquellos que no incursionaron en la homosexualidad, pudieron sentir magnetismo por el asunto: allí están los oficiales apolíneos y esbeltos de Tolstoi y no lejos el eros juvenil de Turgueniev. Entonces conviene pensar Las noches rusas desde otra perspectiva, una que incluye tanto al cubano Reynaldo Arenas como al argentino Néstor Perlongher, dos referencias que no se pueden eludir.
Es inevitable, cuando se transita por la zona gore de los gulags, pensar en los padecimientos del Arenas de Antes que anochezca en la prisión. No cabe duda de que Arenas en su relato carga contra el régimen cubano no tanto por el fracaso del socialismo real, como contra la censura y la represión sexual: lo suyo es un alegato en el que además de acusar las buenas intenciones de la izquierda latinoamericana con García Márquez a la cabeza, alcanzando así una desaforada evocación erótica que lo lleva a afirmar que tuvo relaciones homosexuales con casi todo el ejército de la isla. Es en este punto donde el resentimiento debilita la autobiografía de Arenas: el enjundio gay desemboca en manifiesto gusano. Y su autobiografía, más que ser un texto que pueda enriquecer la discusión revolucionaria termina llevando agua al molino del vargasllosismo liberal. El caso Perlongher es distinto: al convertirse en militante homosexual, el poeta Perlongher rompe con el trotskista Política Obrera en el que militaba. Su alejamiento lo fundamenta explícitamente en la mojigatería de la izquierda setentista. Pero esta crítica no lo convierte a Perlongher en un reaccionario. Echavarren ahora: el escritor uruguayo estudió a fondo la obra de Perlongher. Y al leer Las noches rusas encontramos un eco del Perlongher indigesto y subversivo para la cerrada mentalidad progre de su época. Lo que llama la atención es que la crítica de Echavarren al poder soviético no va contra el socialismo como proyecto, sino contra el socialismo real (parafraseando a Isaac Deutscher, otro trotskista, se trata de “La revolución traicionada”). Es verdad, parece insinuar con sagacidad Echavarren, el socialismo real ha sido un fracaso estrepitoso. Pero al capitalismo no le va mejor. Y entonces hay que volver al comienzo del viaje, los dos aviones derribando la Torres Gemelas.
Ya culminando el viaje, en su última mañana en Peter, como llama cómplice a la ciudad, Echavarren, al dar una vuelta por la Plaza de la Victoria anota: “El pasado se vuelve presente en este lugar escultórico, en esta plaza muda, congelada. Exhibe un presente más vasto. Abre una puerta para pensar. Hoy nevó mucho. El bronce negro resalta contra la nieve impoluta. La temperatura, el hábitat, la naturaleza en invierno, las noches interminables. Las planicies rusas”.

La noche europea, sobre Las noches rusas, por Alberto Manguel

 

La noche europea

Por: | 26 de mayo de 2012
ManguelimagesCANAZDOA

por ALBERTO MANGUEL
Viajar es un acto narrativo. Pasar de un lugar a otro cruzando espacios que no conocemos es, en cierto modo, hacer literatura: al fin y al cabo, una de nuestras más antiguas metáforas declara que el mundo es un libro. El viajero construye historias a partir de lo que ve y escucha y siente, y atribuye a sus partidas y llegadas las características de una primera y de una última página. Las personas con las que se encuentra se convierten en personajes de su historia; a veces es el viajero el protagonista, a veces son los otros. Paso a paso, el viajero descubre e también inventa su narración. Ponerla por escrito no es sino un paso más, por cierto no el esencial.
Desde siempre, las mejores crónicas de viaje no han sido meramente descriptivas. Lo que interesa al lector no es sólo visitar un cierto paisaje a través de los ojos del autor, sino, por sobre todo, compartir las pequeñas molestias y delicias de la aventura: el mal tiempo, la extraña comida, los encuentros amorosos, los accidentes, los traumas burocráticos, el sentimiento de lo ajeno. El lector de libros de viaje no quiere privarse ni de los peores peligros ni de las más banales epifanías. Lo único que rechaza es el tedio.
El 11 de septembre de 2001, el poeta y crítico uruguayo Roberto Echavarren toma un vuelo para San Petersburgo desde Montevideo. El vuelo hace escala en Buenos Aires y en Fráncfort, pero a pesar de la confusión que reina en los cielos del mundo entero en esa fecha emblemática, Echavarren llega a su destino con sólo unas horas de atraso. El atentado terrorista de Nueva York influye poco o nada en su estadía en Rusia. Para Echavarren, la historia inmediata parece tener menos peso que el vasto pasado que surgirá a cada paso de su periplo ruso, quizás porque le interesa menos el obligatorio testimonio del turista contemporáneo que el acopio de voces y visiones de décadas anteriores, todavía mal conocidas. Echavarren parece viajar por razones casi geólogicas, para registrar en sus cuadernos las capas secretas y vetas ocultas bajo la superficie de la Rusia contemporánea.
Su propósito declarado es estudiar la lengua, pero su interés obviamente reside en la presencia de fantasmas, en los sobrevivientes del regimen stalinista y el recuerdo de sus atroces experiencias. Echevarren entiende que las cifras colosales que debaten los historiadores (1.5 millón de hombres y mujeres asesinados, 5 millones muertos en los gulags, 7.5 millones deportados de los cuales 1.7 murieron de inanición, 1 millón de prisioneros de guerra ejecutados) impresionan por su desmesura, pero la realidad del horror no puede ser sino singular, individual. Así, uno tras otro, los testigos se confían en él y revisitan el insoportable pasado.
Uno de los muchos testimonios es el del español Vicente Navarro, cadete piloto cuyo legajo le es cedido a Echevarren por su viuda. A los diecicocho años, recrutado con otros sesenta estudiantes por agentes rusos en Murcia, a poco de estallar la Guerra Civil, Navarro viaja a la Unión Soviética “para perfeccionar nuestros conocimientos técnicos.” Los esperan en cambio cursos de adoctrinamiento, trabajos forzados y finalmente, como castigo por protestar contra las injusticias, una condena a muerte infinitamente postergada. “Rusia es inmensa,” escribe Navarro cuando tras largos sufrimientos lo envían a Siberia. “El material humano, inagotable, o eso parecía. De los que vinimos aquí en 1940, al fin de 1941 no sobrevivíamos más del diez por ciento.” Y luego: “Escribo esto para que lo sepan los panegiristas, los comunistas fanáticos del mundo entero. Ciegos, ignorantes. Y también los intelectuales, ‘compañeros de ruta’.” Echavarren nos incluye en la lista de destinatarios.
ManguellibroimagesCAJJ1CVRTestimonios como éste jalonan el libro de Echavarren, junto con la crónica de sus aventuras en Petersburgo y en Moscú, entre alojamientos incómodos, encuentros eróticos furtivos y amistades casuales, desconfiadas y breves. La Rusia de hace apenas una década, que Echevarren nos describe tan eficazmente, aparece como la sombra de la infernal Rusia stalinista, pero también como sombra de la corrupta Rusia de Putin de hoy. El modelo social que Lenin imaginó y que Stalin llevó a cabo permitió la instauración de un gobierno “arbitrario y terrible” en el cual las víctimas, dice Echevarren citando a la poeta Ana Ajmátova, “pierden cualquier semblanza de dignidad humana; hasta para morir deben hacerlo en silencio.” Es contra tales infamias, de ayer como de hoy, que Echavarren nos ofrece su crónica ejemplar.
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Roberto Echavarren, Las noches rusas: materia y memoria. La Flauta Mágica. Montevideo, 2011.
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Artículo publicado en Babelia, suplemento cultural de EL PAÍS, el 26 de mayo de 2012.
ALBERTO MANGUEL, ensayista y narrador argentino, es autor de títulos como Una historia de la lectura (Lumen) o En el bosque del espejo (Alianza).

La Flauta Mágica, títulos de poesía


jueves, 9 de abril de 2015

Sobre Las Noches Rusas, de Gabriel Peveroni, Caras y caretas

LAS NOCHES RUSAS DE ROBERTO ECHAVARREN

La responsabilidad de la memoria
por Gabriel Peveroni

Cada escritor tiene, o debería
tener, si aspira a escribir algo
realmente trascendente, una
o dos grandes obsesiones. En el caso
de Roberto Echavarren -poeta, ensayista
y novelista- todos los caminos
parecen conducir, sea en el género
que se manifieste, a reflexionar sobre
la androginia y a manifestar la
libertad de moverse al borde de lo
aceptado. Por ésas y otras razones
no sorprende su afición a la estética
neobarrosa, que haya escrito novelas
como Ave roe y Yo era una brasa,
o que se entusiasme con la vida y la
escritura de personajes como Felisberto
Hernández, Manuel Puig y Néstor
Perlongher.
    La edición de Las noches rusas sorprende,
en primer lugar, a los que no
estaban atentos a otra de las obsesiones
vitales del escritor, quien trabajando
en la Academia se fue especializando
en literatura rusa, aprendió
el idioma y empezó a probarse como
traductor de poetas como Tsvietaieva,
Esenin y Kliuev. Fue en 2001 que
Echavarren cumplió el sueño de viajar
a Petersburgo y Moscú, donde lo
esperaban decenas de historias que
una década después se exponen en
la voluminosa novela-ensayo con
portada roja, subtitulada 'Materia y
memoria'.
    Todos los mundos creativos de Echavarren
colisionan en este viaje, y eso
es en buena parte el éxito de la em-
OBSESION RUSA
"De adolescente descubrí el
teatro de Chéjov al ver La gaviota
dirigida por Taco Larreta.
De ahí pasé a descubrir Turgueniev,
los novelistas y luego
los poetas. Fue un proceso
continuo. Eso, por un lado; por
otro, descubrir una mentira, la
propaganda que falseó los hechos
históricos y ocultó el terror".
(Roberto Echavarren)
    El escritor y ensayista Roberto Echavarren publicó
Las noches rusas, un compendio de los testimonios
que recabó en 2001 entre sobrevivientes del cerco
nazi a Petersburgo y perseguidos políticos durante los
gobiernos de Lenin y Stalin.
presa: el escritor puso todo en juego
para escribir su gran libro. De esa
manera, el rigor y la minuciosidad del
académico estuvieron acompañados
del bisturí del novelista y la intuición
incómoda del poeta. En principio,
viajó para recopilar historias del sitio
nazi a Petersburgo y a seguir la pista
del círculo de poetas perseguidos
por la Policía secreta de Stalin, pero
pronto se agregaron otras líneas en
el desarrollo: el impacto de la 'noche
rusa' en la intelectualidad petersburguesa,
testimonios de homofobia durante
la revolución y fragmentos de
su propio viaje.
"Me propuse mantener en tensión
esos cinco hilos del relato sin que
ninguno fuese hegemónico", explica
Echavarren sobre las mencionadas
capas narrativas de Las noches ru-
sas. "Eso es importante para dar en
conjunto una impresión de 'historia
viva', en que los factores se interrelacionan,
algo que en general los historiadores
no logran, sea porque su
objeto es limitado o porque es demasiado
vasto. Quería dar la impresión
de historia vivida, esmerando la mayor
concreción de los testimonios y, a
la vez, articulando el proceso político
institucional, la guerra, la carrera de
los mejores poetas como tarea de resistencia.
Por cierto, la investigación
de la homofobia es algo que me concierne
personalmente. Lo curioso es
que antes de Lenin, Rusia era un país
bastante avanzado en este sentido,
mucho más tolerante que Inglaterra,
por poner un ejemplo. Por último, lo
que da unidad al conjunto es el diario
de viaje, que es la forma literaria que
engloba las historias de vida recabadas
y los otros estratos que conforman
mi investigación".
Los testimonios son duros: desde
el relato de sobrevivientes del sitio
nazi a Petersburgo y partisanos traicionados
por los generales soviéticos
hasta el periplo de los niños vascos
refugiados que nunca pudieron
volver a su tierra. Uno tras otro, los
relatos reviven tormentas y pesadillas,
incomodan, a veces saturan,
pero asoman imprescindibles para
atisbar una mirada diferente a circunstancias
políticas y cotidianas
que muchas veces fueron ocultadas.
"Me parece que no se puede
recubrir con un manto de amnesia
cada período histórico que se ha
sobrepasado", enfatiza Echavarren.
"No entender el pasado quiere decir
no entender de dónde venimos y
flotar en un presente trivial y seguir
creyendo en mentiras que se han
probado falsas. Dar cuenta de algo
quiere decir entenderlo, por un lado,
y al entenderlo tomar en cuenta los
sufrimientos, las injusticias, las humillaciones.
Es una responsabilidad
de la memoria".

Noticia sobre Roberto Echavarren



 

CURRICULUM VITAE 

DE ROBERTO ECHAVARREN


   Roberto Echavarren es uruguayo.

   FORMACIÓN

Es Procurador por la Facultad de Derecho de la Universidad de la República (1967).
   Licenciado en filosofía por la Universidad Católica de Montevideo (1967).
   Hizo estudios de postgrado en filosofía en la Universidad Goethe, de Frankfurt am Main (1967-1970).
   Se doctoró en letras en la Universidad de París VIII (1974).

   DOCENCIA  

Fue docente en la Universidad de Londres (1971-1974),
Full Professor en la Universidad de Nueva York (1976-1994).
Ha dictado seminarios en el Instituto Rojas de la Universidad de Buenos Aires, en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Montevideo, y en la Universidad de Santiago de Chile.

   LIBROS PUBLICADOS

   POESÍA
  
    El mar detrás del nombre, Premio Alfa, Montevideo, Editorial Alfa, 1967.
   La planicie mojada, Caracas, Monte Ávila, 1981.
   Animalaccio, Barcelona, Llibres del Mall, 1986.
   Aura amara, México, Cuadernos de la Orquesta, 1989.
   Oír no es ver, To hear is not to see, volumen interdiciplinario, México, Fondo de las Artes, 1994.
   Universal ilógico, Buenos Aires, Mickey Mikeranno, 1994.
   Performance, una antología de sus títulos anteriores de poesía y una serie trabajos críticos en torno a su obra, compilado por Adrián Cangi, Buenos Aires, Eudeba, 2000.
    Casino Atlántico, Montevideo, Artefato, 2004.
    Centralasia, Buenos Aires, Tse-tse, 2005, Premio del Ministerio de Cultura de Uruguay; Universidad de Veracruz, Xalapa, 2014; bilingüe , Lumme, San Pablo, 2014.
    El expreso entre el sueño y la vigilia, Premio Fundación Nancy Bacelo, Montevideo, 2009.
    Ruido de fondo, Santiago de Chile, Cuarto Propio, 2010.

   NARRATIVA.

    Ave roc, novela, Montevideo, Graffiti, 1995, Buenos Aires, Bajo la luna, 1995; Buenos Aires, Mansalva, 2007;
   El diablo en el pelo, novela, Montevideo, Trilce, 2003, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2005;
    Yo era una brasa, novela, Montevideo, Hum, 2009.
    Las aventuras de la negra Lola, novela, Santiago de Chile, Cuneta, 2011, Montevideo, Hum, 2012.
    La salud de los enfermos, dos relatos, Montevideo, Hum, 2010. 
    Tres cuentos, Estados Unidos, La Flauta Mágica, 2014.

   ENSAYO

    El espacio de la verdad: Felisberto Hernández, Buenos Aires, Sudamericana, 1981;
   Montaje y alteridad del sujeto: Manuel Puig, Santiago de Chile, Maitén, 1986;
   Margen de ficción: poéticas de la narrativa hispanoamericana  México, Joaquín Mortiz, 1992;
    Arte andrógino: estilo versus moda ,  Montevideo, Brecha, 1998, Premio del Ministerio de Cultura de Uruguay; Buenos Aires, Colihue, 1998; Valencia, Ex-culturas, 2003; edición corregida y aumentada, Santiago de Chile, Ripio, 2008; y Montevideo, Hum 2010;
    Fuera de género: criaturas de la invención erótica, Buenos Aires, Losada, 2007. Nueva edición corregida y aumentada: en La Flauta Mágica, Amazon, 2014.
    Foucault, El gobierno de sí y de los otros, Buenos Aires, Quadrata, 2011.
    Michel Foucault: filosofía política de la historia, La Flauta Mágica, Amazon, 2014.
    Las fronteras del porno, La Flauta Mágica, Amazon, 2013.
   
    Es compilador y participante de:
    Andrógino Onetti, Montevideo, Amuleto, 2007; y de
    Porno y postporno, Premio del Ministerio de Cultura de Uruguay, Montevideo, Hum, 2009.

   TEATRO

     Natalia Petrovna, Montevideo, Centro Cultural de España, 2006.
    África, la muñeca de Felisberto Hernández, Buenos Aires, Mansalva, 2011.
    La nave de los filósofos, en Las noches rusas, Montevideo, La Flauta Mágica, 2011.

    CRÓNICA/INVESTIGACIÓN/ENSAYO/HISTORIA

Las noches rusas, Montevideo, La Flauta Mágica, 2011.

    MUESTRAS DE POESÍA

Compiló (junto con José Kozer) y prologó (junto con Néstor Perlongher)  Medusario, muestra de poesía latinoamericana, México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1996; Buenos Aires, Mansalva, 2010.
     Compiló (junto con Kent Johnson) Hotel Lautréamont, antología bilingüe de poesía uruguaya, London, Shearsman, 2011.
     Compiló y prologó Poemas completos, de Néstor Perlongher, Buenos Aires, Seix Barral, 1997, nueva edición crítica, Montevideo, La Flauta Mágica, 2012.
     Compiló y prologó Los paréntesis, antología poética de José Kozer, México, El Tucán de Virginia, 1993.
     Compiló y prologó Indios del espíritu, muestra de poesía del Cono Sur,
La Flauta Mágica, 2013.

   TRADUCCIÓN

    Troilo y Crésida, de William Shakespeare, Buenos Aires, Norma, 2005.
    El ocaso de los ídolos, de Friedrich Nietzsche, Barcelona, Tusquets, 1982.
    Punto y línea sobre plano, de Vasili Kandinski, Barcelona, Seix Barral, 1980.
    Como un proyecto del que nadie habla, poemas de John Ashbery, Montevideo, La Flauta Mágica, 2010.
    Las auroras de otoño, poemas de Wallace Stevens, Buenos Aires, Hueso de Jibia, 2009.
    Los poemas de nuestro clima, de Wallace Stevens, Montevideo, La Flauta Mágica, 2011.
    La Edad de Plata, poetas rusos, Montevideo, La Flauta Mágica, 2011.
    Tradujo además:
     Paulo Leminski (Catatau, en Medusario, muestra de poesía latinoamericana, México, Fondo de Cultura, 1996; Buenos Aires, Mansalva, 2010), Haroldo de Campos (Galaxias, en Revista Grumo, Buenos Aires, 2008), Ana Ajmátova (poemas), Alexander Blok (poemas), Marina Tsvetáieva (Amiga, “Saludo de fin de año”), Nikolai Kluev (poemas), en Las noches rusas (Montevideo, La Flauta Mágica, 2011).

  



EDITOR

Como editor ha llevado adelante la colección de poesía La Flauta Mágica, con diez títulos de ediciones críticas publicados hasta el momento: a) John Ashbery, Como un proyecto del que nadie habla; b) Amanda Berenguer, La cuidadora del fuego; c) Haroldo de Campos, Galaxias; d) Wallace Stevens, Los poemas de nuestro clima; e) La Edad de Plata: poetas rusos, f) Julio Herrera y Reissig, Una infinita colisión compleja, g) Roberto Echavarren, Las noches rusas, materia y memoria, h) Néstor Perlongher, Poemas completos, i)  Indios del espíritu, muestra de poesía del Cono Sur, j) Juana Inés de la Cruz, El sueño.


COLABORACIONES

Ha colaborado en una larga lista de publicaciones periódicas y en revistas especializadas tanto nacionales como extranjeras, entre otras: El País Cultural, Ladiaria, Culturas de El Observador, Brecha, La República de Platón, Postdata, Hermes Criollo de Uruguay; Rusia Hoy, Estante, de internet; del exterior Plebella, Diario de Poesía, Tsetse, Hispanic Poetry Review, South/North: New World Poetics, The Bomb, Che vuoi?, Partisan Review, Grumo, Caracol, Etcétera, Mar con Soroche, La mesa llena, Cuadernos del Sur, Guaraguao, Mandorla, Revista Iberoamericana, Confluenze, Hispamérica, Performing Poetry, Texto Crítico, Nuevo Texto Crítico, Sitio, Revista da Universidade de Sao Paulo, Graffiti, Dispositio, De Azur, Cuadernos Hispanoamericanos, Ecuatorial, Nitrato de Plata, Inti, Espiral, Quimera, Rampike, Eco, The Review of Contemporary Fiction, Paso sobre paso, Change, Hiperión, City 9, International Writers Anthology, Cahiers de Lirico: Raros uruguayos, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Periódico de Poesía, Revista Mexicana de Cultura, La Cultura en México, Mil Palabras, Escritura, Urogallo, Bolide.

PARTICIPACIÓN EN LIBROS COLECTIVOS

Ha participado en numerosos libros colectivos, entre otros: Resistance and Emancipation, Cultural and Poetic Practices (Arturo Casas y Ben Bollig comp., Berna, Peter Lang, International Academic Publishers, 2011), Performing Poetry: Body, Place and Rhythm in the Poetry Performance (Cornelia Gräbner y Arturo Casas comp. , Amsterdam-New York, Rodophi Editions, 2011), Iguales en amor, iguales en deseo, Cultura, sexualidad y disidencia (Arturo Delgado Cabrera yÁngeles Mateo del Pino comp., Valencia, Aduana Vieja, 2011), Haroldo de Campos, don de poesía, ensayos críticos sobre su obra, (Lisa Blok de Behar comp., Embajada de Brasil en Lima, Fondo Editorial de la Universidad Católica Sedes Sapientiae, 2004), Excesos del cuerpo, ficciones de contagio y enfermedad en América Latina (Javier Guerrero comp., Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2009), Cárcel de amor, seminarios y conferencias (Patricia Bentancur comp., Montevideo, Centro Cultural de España, 2005), El 900, literatura uruguaya y sociedad (Oscar Brando comp., Montevideo, Cal y Canto, 1999), Lúmpenes peregrinaciones, ensayos sobre Néstor Perlongher,(Adrián Cangi y Paula Siganevich comp., Rosario, Beatriz Viterbo editora, 1996), Papeles insumisos, nuevos ensayos sobre Néstor Perlongher, (Adrián Cangi comp. Buenos Aires, Santiago Arcos editor, 2004), A palavra poética em America Latina, Avaliaçao de uma generaçao (Horacio Costa comp., San Pablo, Memorial de América Latina, 1992), Voces polifónicas, itinerarios de los géneros y las sexualidades (Maria Alicia Gutierrez comp., Buenos Aires, Godot, 2011), Nosotros los brujos, apuntes de arte, poesía y brujería (Juan Salzano comp., Buenos Aires, Santiago Arcos editor, 2008), La máquina de pensar en Mario (Ezequiel De Rosso comp., Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2013), Ángeles Maraqueros, trazos neobarrocos en las poéticas latinoamericanas (Ángeles Mateo del Pino, comp., Buenos Aires, Katatay, 2013), Dossier de la U. Diego Portales, Cátedra Abierta (Santiago de Chile, 2013), A New York State of Mind (Alejandro Varderi comp., Santiago de Chile, Ril Editores, 2008).

FILM

Dirigió Atlantic Casino, 42 minutos, 16 mm. color, 1989. Premios en el Festival de San Francisco (1990) y en el Festival de Filadelfia (1991).

PERFORMANCE

Como performer, ha participado en varios espectáculos con Marosa di Giorgio (años ochenta y noventa), y con el grupo PIRA de Buenos Aires, (en la década de dos mil) en el Centro Cultural de España, en la Fundación Espínola Gómez, en el café Ladiaria, en el café Brasilero, en el Museo de Artes Visuales, en el Instituto Goethe, en L’Alliance Française, en el Museo Romántico, de Montevideo;  en el Centro Cultural Borges, la Estación Alógena, El Archibrazo, el bar Picasso, la Barraca Vorticista, el museo MALBA, de Buenos Aires; en el Centro Rey Juan Carlos de Rosario. En estas performances ha trabajado con poetas y artistas como Gabriela Bejerman, Carlos Eliff, Juan Salzano, Reynaldo Jiménez, Mariella Chiossoni, Berta Pereyra y El Pollo Píriz, entre otros. 

En 1994, junto con el artista visual mexicano Saúl Villa, montó una instalación en el ex Convento de Santa Teresa en México DF, con poemas, objetos y proyección del film Atlantic Casino en un trabajo interdisciplinario que contó con el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Esta intervención culminó con una publicación bilingüe, Oír no es ver/To hear is not to see, un libro objeto hecho en México ese mismo año.

En 2011, conjuntamente con el artista visual Yudi Yudoyoko y la poeta Silvia Guerra, participó en un audiovisual “Los poemas de nuestro clima” que se presentó en la galería de arte SOA de Montevideo y en la Estación Alógena de Buenos Aires.

PARTICIPACIÓN EN CONGRESOS Y FESTIVALES

En calidad de ensayista y crítico literario ha participado en numerosos coloquios y congresos internacionales. Sólo en los últimos años: Universidad de Texas A&M, Universidad de Nueva York, Universidad de Leeds en Inglaterra, Universidad de Santiago de Compostela, Universidad de Buenos Aires, Universidad de Rosario, Universidad de La Plata, Universidad de Santiago en Chile, Universidad de Chile, Universidad de San Pablo, Universidad de Curitiba, Universidad de Temuco, Chile, Universidad de Avellaneda.

Como poeta ha sido invitado a numerosos encuentros y festivales de poesía. Sólo en los últimos años: Monterrey, Ciudad Juárez, Cuenca de Ecuador, Centro Rey Juan Carlos de Rosario, Lima, Santiago de Chile, College Station en Texas, Casa das Rosas en San Pablo, Centro Rey Juan Carlos de Nueva York, Hay Festival, Xalapa, México, Festival de Poesía de Montevideo, FILBA en Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile.


Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, al portugués y al francés.